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Asesinato de Facundo Quiroga, el tigre de los llanos

Barranca Yaco es una posta única del Camino Real, que atraviesa toda Córdoba y que llevaba al Virreinato del Alto Perú en tiempos de colonia.

Barranca Yaco es una posta única del Camino Real, que atraviesa toda Córdoba y que llevaba al Virreinato del Alto Perú en tiempos de colonia. En esta posta, sucedió uno de los episodios más trágicos de la historia: el asesinato de Facundo Quiroga, conocido como el Tigre de los Llanos. Hasta el día de hoy, el museo que se erige en conmemoración a este hecho se tiñe con los colores de la muerte y la traición. El episodio sucedió hace 186 años, pero su conmemoración pega cada vez con más fuerza.

El relato de los hechos

De los hechos sucedidos en Barranca Yaco, modo de relato novelesco, los medios cuentan sobre el episodio:

El cielo anunciaba que se venían las lluvias ese lunes 16 de febrero de 1835. Cerca de las 11 de la mañana, a 9 km antes de llegar a la posta de Sinsacate, donde el camino hacía una curva en el espeso monte de espinillos y talas, una partida de 32 hombres al mando de Santos Pérez, enviados por los hermanos Reinafé, le cortó el paso a la galera de Quiroga.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Quién manda esta partida? —preguntó a viva voz, sacando la cabeza por la ventana. Serían sus últimas palabras. Un certero disparo impactó en su ojo izquierdo. Otro le daría en el cuello.

Santos Pérez subió a la galera y atravesó con su espada a Ortiz. Los demás hombres se dedicaron a matar al resto de los acompañantes del riojano. Nadie debía quedar con vida. Todos los cuerpos fueron degollados, incluso el de Facundo.

Santos Pérez debió matar a uno de los suyos, cuando se negó a degollar al niño Basualdo. Un tal Márquez fue el que asesinaría al infortunado postillón, que a los gritos clamaba por su madre. Luego, se repartieron el contenido del equipaje, llevándose hasta la ropa que traían puesta los muertos. A los caballos los soltaron y el carruaje, con impactos de bala, lo escondieron en el monte.

Lo que Santos Pérez no percibió fue que desde el monte los estaban observando. Dos correos, José Santos Funes y Agustín Marín, que acompañaban a Quiroga, cabalgaban un tanto retrasados. Al escuchar los disparos, se ocultaron y vieron todo. Ellos fueron los que avisaron a la posta de Sinsacate.

El juez de paz local, en esa tarde lluviosa, mandó buscar los cuerpos de Quiroga y de Santos Ortiz, y los depositaron en la iglesia. Al día siguiente, el cuerpo de Quiroga fue llevado a Córdoba, donde fue enterrado en la Catedral y el de su secretario a Mendoza, a pedido de su esposa. Se ignora qué fue lo que ocurrió con el resto de los cadáveres.

Para algunos, esta trágica historia sigue viva y se presenta con mensajes paranormales. Cuentan los lugareños que, en algún aniversario, años atrás, vieron aparecer de la nada la galera de Quiroga vacía, tirada por seis caballos, cruzando el camino y perdiéndose en el monte. Otros mencionan hechos igual de extraños y paranormales. Dicen que cada semana facundina el viento trae mensajes de más allá, entre los espinillos se escuchan los lamentos desgarradores del postillón de 12 años, que aún pide por su madre.

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